Según la Wikipedia, la siesta es una costumbre consistente en descansar algunos minutos (entre veinte y treinta, por lo general, pero puede llegar a durar un par de horas) después de haber tomado el almuerzo, entablando un corto sueño con el propósito de reunir energías para el resto de la jornada. También dice que no se trata solamente de una costumbre de nuestro país, sino que también tiene una explicación biológica, puesto que es una consecuencia natural del descenso de la sangre después de la comida desde el sistema nervioso al sistema digestivo, lo que provoca una consiguiente somnolencia. Además, está demostrado científicamente que una siesta de menos de media hora mejora la salud en general y la circulación sanguínea y previene el agobio, la presión o el estrés (pero esto tú y yo ya lo sabíamos sin necesidad de sesudos estudios, ¿verdad?). Y luego están las siestas de los enanos, que esas son otro cantar…
Según mi experiencia, la siesta, que algunos expertos dicen que debería mantenerse en los niños hasta los 4 años y, si es posible, más allá todavía, es el principal motivo por el que no acabo estrangulando a mis hijos al final del día (aunque confieso que muchas veces tampoco lo evita…). Suena un poco exagerado, pero si no me crees, cualquier día te dejo prestado a mi hijo pequeño después de haber estado trotando todo el día sin su imprescindible pausa para dormir un ratito después de comer y te aseguro que acabarás dándome la razón. Por otra parte, tengo la suerte de que mi hijo mayor, a pesar de tener ya más de cinco años, es capaz de echar hora y media de siesta y dormir después 10 horas seguidas por la noche sin inmutarse. Así que esto se traduce en hora y media de calma y sosiego poco después de terminar de comer, lo cual es un lujo asiático. Precisamente, los expertos recomiendan que la siesta de los más pequeños comience de unos 20 a 30 minutos después del almuerzo, y se lleve a cabo siempre según la misma rutina. Rutina, sí, bendito tesoro… porque esa palabra que cuando somos adultos nos produce repelús, resulta ser una de las mejores armas con la que los padres nos enfrentamos al día a día de nuestros pequeños (no te cuento nada nuevo si te digo que la repetición de tareas y el cumplimiento de los horarios es algo que facilita enormemente que los enanos estén tranquilitos a lo largo del día). Aunque recomiendan que estas siestas se realicen con algo de ruido de fondo y también algo de luz natural, mis hijos siempre han necesitado oscuridad total para terminar de cerrar los ojos. De lo contrario, siempre terminan por espabilarse y tratan de salirse del cuarto.
Sin embargo, reconozco que, al margen de todas las cuestiones técnicas que rodean el ritual de la siesta, lo que más me gusta es el despertar. Es un pequeño momento mágico en el que el sueño se va diluyendo poco a poco y aún les cuesta moverse y alejarse del calor de las sábanas. Creo que esos instantes, que se repiten cada día y que puede que por esa misma razón no les prestemos demasiada atención, merecen que les miremos con más cariño. Os dejo a continuación unas fotos de esos despertares tan cotidianos y tan preciosos.
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