Recuerdo que, de pequeño, tuve una baraja de cartas similar a esas en las que aparecen personajes de familias de diferentes etnias del mundo que tienes que conseguir agrupar: los masai, los esquimales, los orientales, etc. En mi caso, quienes aparecían en aquellas cartas eran miembros de las familias tradicionales vascas de las 7 provincias de Euskal Herria: pastores, arrantzales, ferrones… La historia de Gipuzkoa está tejida, como en tantos otros lugares, con hilos de esfuerzo y trabajo duro. Por suerte, existen algunas personas que no quieren dejar caer en el olvido esas viejas tradiciones artesanales y las recuperan para que las nuevas generaciones conozcan mejor su pasado y que así, después de entender de dónde venimos, podamos decidir a dónde vamos… ¿Me acompañas?
En el interior de Gipuzkoa, a orillas del río Urola, existe una interesante propuesta museística que rompe con la definición convencional de museo de un espacio único. Se trata del proyecto Lenbur (Legazpi Natura eta Burdina), que propone una ruta por diversas construcciones del Valle del Hierro, en Legazpi. Este museo-territorio divide sus espacios expositivos en varios ámbitos que, utilizando como hilo conductor la evolución industrial relacionada con el hierro, recorren otras tradiciones y oficios típicos de nuestro pasado más cercano. Aunque, como digo, el peso del hierro es muy notable en la propuesta de Lenbur (de hecho, se puede visitar una ferrería tradicional en marcha y ver trabajar a los ferrones como en el siglo XVI, pasear por el Museo Vasco del Hierro y también visitar una antigua fábrica reconvertida en museo donde se muestra la relación entre el arte de Chillida y la industria del hierro que hizo posibles muchas de sus obras), en esta ocasión te hablaré de… ovejas… sí, y también de corderitos.
Arantza y Juan Joxe son los responsables del Ekomuseo del pastoreo, en el caserío Erreizabal. Este matrimonio sabe perfectamente de lo que habla y buena prueba de ello es que han sido ganadores en numerosos concursos de queso Idiazabal, lo cual no te sorprenderá, porque el pintxo-pastor que te ofrecerán (una rebanada de buen pan casero y mejor queso con un vaso de sidra) está exquisito. En mi caso, el día que elegimos para realizar la visita fue un sábado de marzo, uno de los llamados Días del Pastorcillo, en los que Arantza consigue captar la atención de todos los críos que acuden a visitar el caserío y les cuenta de una manera breve y sencilla lo más importante relacionado con la oveja latxa y el queso. Lo mejor viene después, porque aprovechando que han nacido los corderitos, los niños tienen la oportunidad de entrar al establo a verlos, cogerlos en brazos, darles de comer… Aunque puede que algunos críos no lleven muy bien lo de acercarse a los animales, créeme si te digo que a mi hijo Iban, que es muy movido y le cuesta mantener la atención mucho rato en un mismo asunto, la visita le flipó, literalmente. Los bichos, en general, le encantan, y es curioso ver cómo los animales ejercen sobre él cierta influencia relajante, así que estuvo más que feliz haciéndose amigo de las ovejas y entrando el primero en el redil de los corderitos.
Aquel día, después de visitar Erreizabal, tuvimos ocasión de acercarnos hasta el caserío Igaralde, el rincón del pan, donde Tibur nos contó los secretos del pan de verdad, el que se hace sólo con harina, agua, sal y tiempo… Esta visita, al igual que la del Ekomuseo del pastoreo, nos brindó la posibilidad de disfrutar del Día del Molinero, de manera que los críos tuvieron ocasión de conocer los ingredientes con los que se produce el pan, la manera en la que se cultiva el maíz, la leyenda de Martin Txiki (aquí su historia, en la pág. 50) y, por supuesto, amasar unos pequeños bollitos de pan y hornearlos. Después, Tibur puso en marcha el molino del siglo XVI que aún sigue plenamente operativo y que aprovecha la energía de un salto de agua de un canal junto al río Urola, y les enseñó a los más pequeños a tamizar la harina con los cedazos tradicionales. Al final de la visita, el pan estaba ya listo y nos lo comimos calentito (aunque siempre es mejor dejarlo enfriar, pero de pan ya hablaremos otro día…).
Como ves, los espacios expositivos de la fundación Lenbur dan para mucho, así que, si tienes ocasión, no dudes en acercarte hasta Legazpi con los críos a aprender y divertirte. A continuación, te dejo unas cuantas fotos para que veas lo bien que se lo pasaron los monstruos aquel día.
Ahora te toca a ti…
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